...en tu balcón sus nidos a colgar.
Lo del exelgate ha sido catártico. Para
quien haya seguido el debate extraordinariamente catártico,
exageradamente, increíblemente.
Ningún paper tiene tanta influencia, hay algo más, había ganas, había necesidad. Como suele
ocurrir el “post hoc ergo propter hoc” (lo anterior es causa de
lo posterior) es menos común de lo que parece. No es que el debate
cambie por una evidencia, es que la evidencia es la excusa para que
cambie el debate. Las consecuencias de las políticas de austeridad, que
no están dado resultados en los últimos años, es el trauma social que motiva el giro, el exelgate es la excusa perfecta. “Confiaba en
académicos de prestigio y las instituciones que los mencionaban
¿Cómo iba a saber que que manipulaban los números? No es que me
equivocara, es que me han engañado”. Es la excusa perfecta para
justificar un cambio de posición, de ahí el efecto catártico, se
necesitaba una excusa para cambiar de rumbo.
Pero después de años de pensar que la
evidencia empírica era más cariñosa con las visiones keynesianas y
que los argumentos empíricos austericistas necesitaban de más
tortura para confesar sus conclusiones sería inocente pensar que el
debate ha acabado. Las victory laps de los keynesianos se
volverá sin duda en su contra porque volverán los argumentos y
estudios en favor de los que Krugy y Rajoy llaman “las personas
serias”. Tuvieron que pasar tres décadas del mayor esplendor de la historia económica para que Nixon en el 71 dijera aquello de: "Ahora todos somos keynesianos", y aún así pocos años más tarde volvieron las golondrinas. Ya era absurdo cuando M. Friedman, tras la caída del
comunismo, declaraba una y otra vez que se había ganado la batalla
de las ideas y lo sigue siendo hoy. La batalla de las ideas nunca
terminará, es el motor del conocimiento, la propia lucha interior de
nuestros instintos. El debate tiene la misma virtud que el deporte;
no hay victorias eternas, solo la liga de este año, luego empieza la
siguiente, es una virtud que evita derrotas absolutas y que nos hace
civilizados.
Por otro lado en Europa tenemos un
problema añadido. Desde el principio las consecuencias de romper el
euro por miedo a la inflación eran absurdas, arriesgar las
apocalípticas consecuencias por un peligro inexistente era
absurdamente desproporcionado. Por mucho que me fastidie no puedo
evitar sospechar de agendas ocultas por parte de Schäuble. Esto no
ha acabado, lo de usar el BCE como arma siempre ha sido capcioso, una
lucha contra el absurdo, me cuesta creer que vaya a haber un giro,
pero como otros no puedo acabar sino con un punto de esperanza.
